La esclava de la lujuria del hombre

| Por: Ana Julia Solís |

“Bastó decir sencillamente que en lo venidero los descendientes de un miembro masculino permanecerían en la gens[i], pero los de un miembro femenino saldrían de ella, pasando a la gens de su padre. Así quedaron abolidos la filiación femenina y el derecho hereditario materno, sustituyéndolos la filiación masculina y el derecho hereditario paterno” (Engels 1989: 62).

Siendo así, “El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuñó también las riendas en la casa; la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción” (Engels 1989: 63).

Los párrafos anteriores pertenecen a la obra de Federico Engels, El origen de la familia. La propiedad Privada y el Estado, publicada en 1884. En la cual describe los estadios por los que evolucionó la humanidad desde la barbarie, pasando por el salvajismo hasta llegar a la civilización. De igual forma, nos narra cómo los seres humanos llegamos a la familia monogámica que prevalece hasta nuestros días, la cual tiene su origen en la familia consanguínea, transformándose en la punalúa, evolucionando a la sindásmica hasta llegar al estado actual.

Desde hace cientos de miles de años se dio, según Engels, la gran derrota del sexo femenino en todo el mundo. Por ello, podemos ver que el hombre, basado en ese infundado sentido de propiedad sobre la mujer, ejerce su poder sobre ella y la trata, la ve y la considera su objeto. Basta con ver las noticias diarias para darse cuenta a donde nos lleva, como sociedad, esta errónea creencia que aún los hombres la tienen tatuada en sus cerebros, producto de la herencia social y cultural. La cual indignantemente se expresa en todo tipo de violencia que se ejerce contra las mujeres hoy día. Expone aún más su mayor crudeza cuando se evidencia en la violencia sexual que: padres, abuelos, tíos, hermanos y demás, aplican traumáticamente contra niñas y mujeres en el ámbito del hogar y público, que se vive en todos los estratos sociales, tanto urbanos como rurales.

Siguiendo esta perversa lógica de vernos como objetos, a las mujeres nos educan para gustar. Desde muy pequeñas nos enseñan a tratar de encajar en los estereotipos de belleza que, en la cultura donde se viva, prevalecen. Porque: ¡Pobre de la que sea fea porque ni marido encontrará! o ¡la dejará el tren!, como reza el saber popular. Nos enseñan a que debemos hacer todo lo posible, en cada momento, por lucir lindas. Porque la herencia cultural y social nos marcó, cual reses con hierro ardiente, que no puede haber nada peor en esta vida que ser considerada fea. De tal forma, no es casualidad que las mujeres hasta pierdan la vida por una liposucción, se hagan implantes de pechos y glúteos, inviertan en cualquier menjurje para verse jóvenes, se obsesionen con dietas, hasta el colmo de la anorexia o la bulimia, o con estar a la moda, porque es imperativo gustar.

 

Ni somos objeto, ni nacimos para gustar. Terribles y lamentables creencias que nos han inculcado, que se refuerzan con los mensajes de la familia, la escuela, los amigos, los conocidos, los medios, la música y la publicidad. Los cuales se pueden ver y escuchar, ahora más que nunca, con el pegajoso Reguetón, que ha sido la expresión que de forma más explícita expone a la mujer como el objeto para la satisfacción de la lujuria del hombre.  Asumo que los reguetoneros, que tan de moda están en estos días, producto de un sistema consumista y patriarcal, sólo son una manifestación más que, a falta de creatividad para expresar su sentir de formas más sublimes, hacen canción lo que instintivamente cualquier ser humano desea. Quizá por la falta de información de la que carecen estos cantantes, solo se limitan a replicar lo que social y culturalmente han aprendido. Es decir que la mujer solo es un simple objeto para ellos. Por ejemplo, más claro no puede quedar al tan solo escuchar “Cuatro Babys”, de Maluma.

Puedo entender, aunque no aceptar, porqué los reguetoneros se expresan así, pero lo que verdaderamente me saca de quicio es que Carolina Herrera, diseñadora mundialmente conocida afirme: “No hay nada que envejezca más a una mujer que vestirse de joven” (Diario el País, 16 de nov. 2016).” Volvemos a lo mismo, la mujer debe vestirse para gustar, o sea que en esta decadente sociedad si la mujer se mira vieja ya no gusta, ya no sirve y es basura.  Ante lo cual yo afirmo: ¡qué cada cual se vista como quiera y se vea como se quiera ver! En fin, la desnudez es un derecho y la vestimenta una elección. Por ello es preciso que las mujeres rompamos con esas creencias: ni nacimos para gustar ni para ser tratadas como objetos. Así que la invito a que usted sea y se vista como quiera, si se ve joven o vieja, no importa, si se ve flaca a o gorda tampoco importa. Lo que verdaderamente importa es que, usted mujer, viva en plenitud y mande a la chingada todos esos convencionalismos sociales y culturales que le impiden ser lo que desea. Vístase como le dé la gana, a la moda o no ¡qué importa! Y sea como quiera ser y no exista para ser usada y no deje que la usen. Así que, de ahora en adelante, la invito a que tome el control de su vida y así cambiaremos el mundo, para que las próximas generaciones ya no sean nunca más las esclavas de la lujuria del hombre.

[i] Círculo cerrado de parientes consanguíneos por la línea femenina que no pueden casarse unos con otros (Engels 1989: 46).

Imagen: lavozdegalicia.es

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