Me dijo, con una sonrisa burlona:  ̶ ¡No puede! Y me lo creí.

|Por: Ana Julia Solís|

Emocionada, con mucha dedicación y entusiasmo hacía diligentemente las planas de óvalos, rayitas, de vocales y demás ejercicios que la profesora María Fernanda me ponía, en las primeras semanas del año escolar, preparándome para iniciar el aprendizaje más importante que pronto iba a suceder en mi vida. Con mucha alegría había iniciado la preparatoria, porque por fin iba a aprender a leer, ya que el año anterior durante la educación parvularia solo me habían entretenido para llegar a este gran momento. Pasaban las semanas y no empezábamos los ejercicios de lectura, por lo que decidí preguntar, insistente y diariamente (hasta la necedad), a la maestra:  ̶ ¿cuándo vamos a empezar a leer? Su repetitiva respuesta de siempre era:  ̶ ¡Todavía no! Mientras tanto solo hacíamos planas y más planas.

Por fin llegó el día, usábamos el famoso libro Victoria que alguien recordará, era la primera lección y debía leer: Ma, me, mi, mo, mu.  Mi mamá me ama. Amo a mi mamá…, etc. Me tocó el turno, cada alumna debía pasar al frente y colocarse al lado del escritorio de la profesora, así que inicié mi lectura oral, sin fluidez, tartamudeando y con mucha dificultad. Quizá por la emoción, los nervios, la inseguridad, la espera, no sé, pero lo hice fatal.  Ante tan desastrosa lectura, la señorita María Fernanda reaccionó con una sonrisa burlona y sentenció:  ̶ ¡Tanta era su necedad en querer empezar a leer y ya vio, ni puede! Apenas tenía seis años, en ese entonces no tenía ni idea de lo que esa lapidaria frase marcaría terriblemente, por años, mi vida.

Desde la primaria hasta el diversificado siempre fui muy dedicada, obteniendo primeros o segundos lugares y con promedios arriba de noventa. Cuando concluía segundo primaria mi mamá llegó a recoger las notas del fin del curso, se entrevistó con la educadora, la señorita Teresita, quien le dijo:  ̶ Señora su niña es muy buena para el estudio, pero no obtuvo el primer lugar porque tiene muchas dificultades para la lectura, verdaderamente le cuesta mucho leer.  Así que de nuevo esa contundente apreciación volvía a reforzar en mí la creencia de que yo no podía y no servía para leer. Estaba tan convencida de mi supuesta incapacidad que cada vez que había que leer en voz alta en clase no lo lograba, me trababa, confundía las palabras, leía muy lento, me angustiaba y sentía que hacia el ridículo frente a mis compañeras. ¡Era un tormento y un desastre total! Finalmente, todo ello contribuyó a que me convenciera que no era buena para la lectura, por lo que leer se había vuelto un fastidio, así que únicamente leía lo obligatorio de los libros de texto, algunas enciclopedias, para ganar las clases y no más.

Cursé la primaria y los básicos, pasando angustias y evitando a toda costa tener que leer en voz alta en clase, frente a las maestras o las demás estudiantes, así llegué a cuarto magisterio. Ese año debíamos llevar el curso de Literatura Universal. La profesora de esa asignatura, quien era de baja estatura, sonriente, entusiasta, muy llamativa porque siempre usaba una vestimenta algo extravagante y exquisitamente apasionada se presentó en el aula. Como era la primera clase dio todas las indicaciones indispensables para aprobar la asignatura, una de ellas era el gusto por la lectura, así que con contundencia expresó:               ̶ ¡Advierto, a toda aquella alumna a la que no le agrade leer que no ganará esta materia! Lo primero que pensé es, no puedo cambiarme de carrera, ni de colegio, entonces yo ya la perdí, estoy condenada a reprobar. La primera tarea fue leer completa la Ilíada, de Homero, y hacer el análisis literario de la misma. Todo el año implicaría leer a los clásicos desde la Antigüedad hasta el Renacimiento.

Cada día, después del almuerzo, pasaba largas horas leyendo sentada en el suelo de mi habitación para no dormirme; pero por momentos el sueño me vencía y me quedaba tirada por largos minutos, cual ebria en una acera de la ciudad. No podía darme por vencida, ni permitirme perder el curso, por lo que retomaba la lectura de aquellas epopeyas y novelas, pero se hacía eterna. Poco a poco, las páginas me atraparon, una a una descubrí lo espléndido, lo maravilloso que nos hace vivir y lo que nos transforma la lectura. Aprendí a disfrutarla, fui tomando confianza, cambié la creencia sobre mi supuesta incompetencia, mis temores se desvanecieron, dejé de rechazarla y aprendí a amarla. Descubrí, gracias a mi profesora, Ana María de Mosquera, que uno de mis mayores placeres en mi vida lo encuentro al leer y a ella le debo esa pasión.

Pasé años creyéndome incompetente para la lectura, hasta el colmo de evitar a toda costa leer a causa de que me creí lo que me dijo una profesora de preparatoria, sin ser cierto, hasta que descubrí la falsedad de su comentario. Hubiera podido seguir así, viviendo en la mentira, pero mi vida hubiese sido muy sosa, sin placer y llena de ignorancia. Ahora, pensemos ¿cuántas cosas nos han dicho, nuestros padres, madres, maestros, profesoras, familiares, monjas, curas, pastores, parejas, cónyuges, amigos, etc. sobre nosotros? ¿Cuánto de lo que nos han dicho nos lo hemos creído, sin ser cierto? Quizá hemos acumulado a lo largo de nuestra vida una serie de creencias equivocadas sobre nosotros y nuestras capacidades. Creencias que impiden que nos desarrollemos en plenitud, porque nos hemos convencido que no podemos, que no servimos, que no tenemos talento, que no tenemos el potencial, por ello ni siquiera nos atrevemos a perseguir nuestras metas y mucho menos a descubrir nuestras pasiones.

Importante es, en este momento, preguntarnos: ¿cuáles son esas creencias equivocadas que tenemos sobre nosotros mismos, aquellas que impiden nuestro desarrollo? Luego: analizarlas, saber de dónde provienen, tomar el control y empezar a cambiarlas. Estoy segura que muchas cosas en las que nos declaramos incompetentes, no son verdaderas, sencillamente nos las creímos y actuamos conforme a ellas. Así que, el reto consiste en decidir cambiar todas aquellas creencias negativas que nos impiden alcanzar nuestros sueños, con valentía desecharlas y transformar ¡el no puedo! Por el ¡sí puedo! Recordando que cada uno de nosotros somos nuestro propio límite y llegaremos hasta donde tengamos la voluntad de hacerlo.

Imagen: Pinterest

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