¡Por San Judas Tadeo, el hacedor de imposibles…!

| Por: Ana Julia Solís |

Era de madrugada, tenía frío, quería dormir más. Debía levantarme y mi cuerpo no obedecía. Por fin, tomé valor, con rapidez me dirigí a la ducha y sin mucho que pensar le di vuelta a la llave que dejó caer aquella exquisita agua tibia, que de muy temprano por las mañanas baja de la montaña. Sin mucho entretenerme en unos minutos ya estaba lista, sin desayunar y llevando unas cuantas frutas para comer durante el camino, abordamos el Yaris rojo que nos conduciría a nuestro destino.

Todavía no amanecía, pero ya se escuchaba el canto de algunos pajarillos. Decididos a no detenernos tomamos la ruta que lleva a Monjas, atraviesa San Manuel Chaparrón, Agua Blanca, Ipala y pasa por San José la Arada hasta llegar a la carretera al Atlántico. Cada pueblo era la excusa para que él me contara más de alguna aventura que había vivido allí o las anécdotas de amigos o familiares originarios de cada localidad.

Después de conducir varias horas, por fin llegamos a nuestro destino, estacionamos y buscamos algún lugar para comer. Caminando por las calles del pueblo, entre las tiendas improvisadas y los vendedores ambulantes, me distraía queriendo comprar cualquier tonterita que me ofrecían, que desde luego no necesitaba. Avanzábamos tomados de la mano hasta que finalmente estaba frente a nosotros, inmaculada, inmensa e imponente la Basílica del Señor de Esquipulas.

Llegábamos a tiempo, la misa de medio día todavía no empezaba, estaba completamente llena de fieles así que lo difícil sería encontrar donde sentarnos. Buscando y buscando, hayamos un par de lugares en una de las bancas cercanas al altar. Nos sorprendimos al ver un ataúd en el centro del pasillo principal, eso significaba que se llevaría a cabo una misa de cuerpo presente. Inició la ceremonia y aún más sorprendidos vimos como dos jóvenes, que parecían adolescentes, él de traje negro y ella de largo vestido blanco, se encaminaban a consagrar su unión, o sea íbamos a presenciar en el mismo rito un matrimonio y las honras fúnebre para quien el féretro yacía. No salíamos del asombro, porque esos dos eventos juntos deberían tener un significado especial para nuestra existencia, pues era el comienzo de una nueva vida y la despedida de otra. Al momento en que el padre celebró el sacramento del matrimonio, con mucha fuerza nos tomamos de las manos, secularmente, dispusimos que en ese momento nosotros también nos estábamos casando, que a partir de ese momento ya nos podríamos considerar esposos y nada nos debería separar, juntos por siempre en las buenas y en las malas. El padre casó a los jóvenes, despidió al muerto, leyó cualquier cantidad de peticiones y lanzó todas las bendiciones posibles para los presentes. Al concluir el oficio, también hicimos, como buenos cristianos, sin protestar, la larga e interminable fila que nos llevaría a ver muy de cerca la imagen del Señor de Esquipulas. Ya frente a él, dijimos nuestras oraciones adicionales, dimos gracias por nuestra unión y al terminar, parsimoniosamente, nos retiramos sin dar la espalda a la imagen y absortos aún.

En las afueras del pueblo nos tomamos unas fotografías, para el recuerdo de aquel día especial, que tan improvisadamente lo recordaríamos como el día de nuestra secular boda. Estábamos buscando los mejores ángulos para las fotos, cuando un vehículo se acerca, del cual descienden los dos recién casados del verdadero matrimonio que acabábamos de presenciar, igual que nosotros quería fotografías para el recuerdo. Los felicitamos y les dimos nuestros mejores deseos para la nueva vida que estaban por iniciar. El coincidir nuevamente con ellos lo interpretamos como un signo más, que después de tanta búsqueda verdaderamente nuestro destino era estar eternamente atados. En realidad, vimos y creímos lo que en ese momento deseábamos, no precisamente lo que era real, nos aferramos a los signos porque queríamos ver en ellos algo sobrenatural, nos hacía considerar que no estábamos juntos por una simple casualidad, que quizá había algo más profundo, el destino o Dios nos quería unidos por siempre.

Meses después nos tuvimos que distanciar, él debía cuidar su graja y yo debía volver a la ciudad para gastar mi vida entre la oficina y la universidad, cada vez se hacía más difícil vernos así que la distancia y el silencio nos alejó. Hasta que el tiempo sin vernos se convirtió en años.

Mucho tiempo después, con las amigas del trabajo decidimos ir, a la hora del almuerzo, a hacer la visita anual a la iglesia de la Merced, por celebrarse el día de San Judas Tadeo, ¡el hacedor de imposibles! Las ventas de: comida, recuerditos religiosos, veladoras, dulces, ropa y muchas cosas más rodeaban el santuario. Esquivando cualquier obstáculo, logramos entrar al templo, se encontraba llenísimo, no cabía ni un alfiler más. Con dificultad llegamos cerca del altar a escuchar parte de la homilía, el final de la misa y a recibir las bendiciones. Al intentar salir de aquella apretazón, a lo lejos lo vi sentado en una banca, otra vez me encontraba con él, en una iglesia. Me apresuré a saludarlo. Medió un fuerte abrazo que duró larguísimos minutos, me vio fijamente a los ojos y me dijo: ̶ ¡Qué gusto volver a verte! No tienes idea la felicidad que me da, siempre estás en mis oraciones ¿Cómo estás?
A lo que respondí absorta de tanto aprecio, un simple: ̶ Bien… Segundos después agregué: ̶ También ha sido un placer volver a verte, tengo que regresar a trabajar. De un beso en la mejía nos despedimos, salí apresurada pensando: “¡ve qué casualidad!, será el destino que verdaderamente nos quiere volver a juntar”. Para mis adentros recordé: la vida es corta y no deberíamos esperar que el destino, la vida o la casualidad nos obliguen a tomar decisiones. Si se conoce un buen amor no hay que dejarlo escapar.

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