A propósito de volcanes…

Por: Ana Julia Solís

Conduciendo hacia Ipala, a lo lejos el coloso se veía imponente y sobre su cima se posaban enormes nubes negras. Llegamos al lugar donde podíamos dejar el carro (lo dejamos a la mano de Dios pues no sabíamos si al volver lo íbamos a encontrar), tomamos las mochilas e iniciamos el ascenso, ¡uf!, me di como cuatro grandes tropezones pues las piedras sueltas me hacían resbalar. Cada cierto tiempo debía parar, sentía que el corazón se me salía, que el aire no me alcanzaba y las piernas no me respondían. El camino sinuoso lleno de piedras extremadamente empinado hacía parecer que a la cima nunca llegaría, cada segundo que transcurría lo sentía como una hora, era importante avanzar con más rapidez pues teníamos que llegar antes de que se ocultara el sol.

Al bordear una curva del camino, con sorpresa descubrí, después de interminables 45 minutos, que ya estábamos en la cumbre. En la cual era muy difícil caminar, el viento estaba considerablemente fuerte, a unos 70 kilómetros por hora, quizá, así que la idea de acampar sería una tremenda locura. Mi compañero, alto, fuerte, buen mozo, con cierto parecido a Anthony Hopkins (aquí entre nos, aunque no me lo crea, días atrás había visto una foto de él, cuando joven, les aseguro que en esos tiempos él no habría tenido nada que envidiarle a Brad Pitt, con largo cabello rubio y de hermosos ojos claros, cualquiera caía desmayada a sus pies), habló con el cuidador del volcán sobre la disponibilidad del albergue del lugar. Nos indicó que no estaba ocupado, así que lo alquilamos, allí pasaríamos la noche. También le preguntamos que sí era normal que el viento estuviera tan fuerte, nos respondió que, al ser diciembre, por lo general algunos días sucedía que el viento arreciaba tanto y que la temperatura también descendía muchísimo. En fin, ya estaba oscureciendo, desconcertada (ya que tenía la idea de que íbamos a pasar una noche romántica, acampando bajo la luz de la luna y cobijándonos con calor de una fogata, ¡pues no sucedería!, la inclemencia del clima obligaba a cambiar los planes) sentía tanto frío, parecía que agujas me pinchaban todo el cuerpo, solo deseaba descansar y sentir nuevamente un poco de calor.

Agotada, mi amigo no tanto, nos dirigimos al albergue. Al abrir la puerta de metal del lugar, ver aquella habitación descuidada, polvorienta, con telarañas en las esquinas y sobre las ventanas, iluminada por la débil luz de un bombillo, quizá de 25 watts, el cual pendía de una viga de madera, que junto a otras iguales, se asían las frías láminas que conformaban el techo del lugar, todo este panorama se trajo por tierra cualquier, ya lejana, idea de una noche romántica. En efecto, no era la habitación de un hotel cinco estrellas, pero por lo menos podíamos pernoctar con un poco de calor y cierta tranquilidad.

Conforme pasaban las horas el viento estruendoso aumentaba su fuerza y velocidad, la temperatura disminuía aún más. Por momentos tronaban las láminas, retumbaban la puerta y las ventanas. Se escuchaba, además, como piedrecitas caían sobre el techo, por momentos unos segundos de pausa, todo en calma y de repente con más fuerza, como huracán, volvía con ensordecedora intensidad, estruendosamente, todo de nuevo retumbaba, parecía que, de un instante a otro, como tornado arrancaría el albergue desde los cimientos, saldríamos volando y quien sabe cuál hubiese sido nuestro destino final.

El silencio entre los dos se hizo presente, absortos e inundados de frío, nos mirábamos sin que mucho que decir, preparamos un poco de café y nos sentamos a esperar que llegara la calma. Con el transcurrir del tiempo el viento poco a poco comenzó a aminar, aún estaba fuerte, nos armamos de valentía y decidimos salir a explorar. Sabíamos que era peligroso, pero la embriagante adrenalina, que se destila cuando algo constituye un riesgo, aun para la propia vida, nos empujó del albergue. Así que nos hundimos en aquella profunda obscuridad, costaba dar cada paso, para poder avanzar había que moverse de un árbol a otro y asirse con mucha fuerza, para que el viento no nos llevara como Remedios, la bella, en cuerpo y alma hasta los cielos. Nuestro objetivo era llegar a la laguna que se encuentra en el cráter de ese volcán. Cuando mi amigo intentaba hablarme para indicarme el camino, debía gritar, las inmensas ráfagas estruendosas me impedían escuchar, aún con aquella negrura podía ver como las ramas de los árboles se doblaban hasta casi tocar el suelo; pero aun así continuamos con nuestra necedad avanzado con rumbo a la laguna. Caminamos varios metros, hasta que, por fin, decidimos detenernos. Aferrados a un par de troncos, vimos que era imposible andar más. Volvimos a la habitación, nos acurrucamos sobre la cama, muy juntos uno del otro, intentándonos darnos calor, mientras tanto las ráfagas huracanadas y los retumbos continuaron toda la noche, a pesar del temor que provocaba tal inclemencia, el cansancio nos venció y Morfeo nos cobijó.

Al amanecer, todo clamo, un sol inmenso y el viento completamente mudo. Hacía un día espléndido, por lo que decidimos recorrer el sendero que surca la media periferia del estanque, observando las estupendas especies vegetales del lugar y una que otra ave que despistada se posaba sin timidez en el follaje de algún arbusto. Llegamos al mirador, la laguna de Ipala estaba maravillosa, plena y lozana reflejaba intensamente el celeste de aquel cielo completamente despejado. ¡Qué belleza! Sentí como la inmensidad de la naturaleza me abrazaba y me envolvía en un infinito torbellino de paz. Hasta que mi amigo interrumpió mi éxtasis recordándome que ya era preciso regresar. Concluyó la aventura. Iniciamos el descenso del volcán, de cual me despedí al bajar con varios sentones que no pude esquivar.

La naturaleza que nos rodea, de la cual desborda nuestro mundo es inmensamente maravillosa, por desgracia, como humanidad somos terriblemente irrespetuosos e irreverentes. Hemos creído por siglos que la podemos dominar, superándonos con creces, siempre nos sorprende, nos muestra con contundencia, su fortaleza ante la que, sin miramientos, se evidencia con toda claridad nuestra fragilidad.  Deberíamos comprender que somos parte de ella, de quien pende nuestra existencia, al maltratarla o irrespetarla, ponemos en riesgo nuestra continuidad en el planeta. ¡Entendamos pues!, que somos parte de un todo, simples y pequeñas piezas que deberían articularse y complementarse para respetar, cuidar y proteger todo el ambiente que nos rodea.

 

 

Imagen: eventos.guatemala.com

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