Non fallit te Dueus, Dios no te fallará

| Por: Ana Julia Solís |

Era un día tranquilo, una mañana como todas, con aire fresco en la que caminaba junto a Estela, mi nana, a esperar que el bus “N”. Vestida con impecable blusa blanca y corbata azul, de no más de diez centímetros, sujetada al centro por un pequeño escudo de metal, pintado en diagonal de rojo, amarillo y azul, que en la parte superior se podía leer: «Non fallit te Deus» (Dios no te fallará). De falda con paletones, a cuados grises y azules que se sostenía por tirantes de igual diseño. Aunque no había frío, era preciso llevar puesto siempre el escurridizo suéter azul. Para rematar todo el uniforme, una impecable gabacha gris, que tenía dos bolsitas al frente, a la altura de la cintura, cubría todo el atuendo y se ajustaba, muy bien amarrada, con moño, por detrás. Todo ello, se complementaba con las calcetas blancas que llegaban justo debajo de la rodilla y los relucientes zapatitos negros de charol. Desde muy temprano, mi nana se había levantado a vestirme para colocarme cada una de las partes de aquel riguroso atuendo, que me lo ponía entre dormida y despierta, y para concluir debía ordenarme la melena, así que por interminables cinco minutos, la cepillaba para estirarla completamente, ajustándola con un hule, para dejarla finalmente sujetada con una cola que caía desde la coronilla.

Después de caminar la media cuadra necesaria para llegar a la parada donde, junto a otras niñas, nos recogería el autobús escolar, me acompañaba de Estela, pues era quien cargaba el bolsón y la lonchera, que llevaban todos los implementos para enfrentar otro día más, en el colegio. Por fin, llega el bus y ya en la ruta, sentada en el primer asiento, del lado derecho, junto a la madre Encarnación (cuidadora del transporte), quien era delgada, menudita y cuyos ojos negros se cubrían por unos gruesos lentes que se remataban en unos aros obscuros de carey, vestida con el hábito gris de falda (que le cubría hasta las rodillas), saco y velo, característico de las monjas de la congregación de la Sagrada Familia.  Después de varios minutos en la ruta, al llegar cerca de la zona cinco, en los alrededores de la colonia Jardines de la Asunción, de pronto, se veía a lo lejos a una jovencita, uniformada igual que todas las demás, que hacía una señal al autobús (extendía su mano derecha, la agitaba varias veces de arriba hacia abajo) así que el conductor se detuvo, ante la insistencia, pues ella no era pasajera permanente, ni la parada obligatoria de la ruta cotidiana. Abre la puerta, la monja desde el asiento asoma la cabeza y la alumna le solicita, desde la acera, que la deje abordar, por esta única ocasión. Sin mucho trámite la monja acepta, pero la joven debe pagar cinco centavos. Asunto resuelto, desembolsa la pequeña moneda plateada, se la entrega a la madre Encarnación, sube al bus y sin sobresalto el viaje continúa ya sin ninguna interrupción.

La madre después de unos minutos vio que no tenía donde guardar los cinco centavos que la chica pagó por el pasaje, así que me vio a mí como su monedero, depositó esa pequeña moneda en la bolsita derecha de mi gabacha gris y me dijo:  ̶ Me los guardas por favor. Sin saber lo que sucedería después… Y como dicta el refrán: «¡Allí empezó Cristo a padecer!».

Trascurrió el día escolar, con las mismas rutinas de siempre. Para aquel entonces estudiaba en doble jornada de ocho a doce y de dos a cuatro, lo que implicaban cuatro viajes en bus. Durante los tres primeros viajes del día, la monja no volvió a comentar nada de los cinco centavos que me había dado a guardar, así que, al finalizar la jornada, cerca de las cuatro de la tarde, antes de conducirme a abordar el autobús escolar introduje mi pequeña mano en la bolsita derecha de la impecable gabacha gris y con sorpresa me di cuenta que aún tenía los cinco centavos. ¡Qué sorpresa! Entonces pensé, seguro a la madre Encarnación se le olvidó que me los dio, o ¡quizá me los regaló!… No importa, ahora están en mi poder y me los puedo gastar, ¡qué alegría, quizá alguna golosina me pueda comprar!  Mi madre, una maestra de escuela oficial, nos daba todo lo que necesitábamos, pero era muy difícil que me diera algún dinerito adicional para gastármelo en la tienda del colegio, así que, día a día, me conformaba con lo que afanosamente ponían, ella y Estela, en mi lonchera y lo mejor era no desear nada más.

Esa tarde yo tenía un enorme capital, cinco maravillosos centavos y los podía gastar. Mi imaginación se desbordó pensando en cuál de los exquisitos dulces que por meses había deseado, podía comprar. ¡Hummmm… recuerdo como los empecé a saborear! Así que con ansias esperaba la hora de la salida.  Unos cinco minutos antes de que sonara el timbre que indicaba, por fin, que las clases habían terminado; las trabajadoras del colegio, que  hacían la limpieza, estudiaban por las noches y vestían traje tradicional, se apresuraban  a colocarse en  las esquinas estratégicas de los corredores del recinto escolar, cargando unas mesitas con cajitas llenas de dulces, para que cuando en desbandada todas corriéramos a abordar los buses o a las puertas de salida, ellas estuvieran listas para ofrecernos cualquier golosina. Cavilé con inmensa felicidad, ¡qué estupendo, hoy sí podré comprar! Me detuve en una de esas estaciones, cual chicleros de las calles de la ciudad, todo se veía exquisito: dulcitos, chocolates, pizarrines, paletas, chicles… ¡Uff!, por fin me decidí por un tubo de pastillas Salvavidas, pensando en maximizar mi placer, era un paquetito rojo, que agrupa unas diez pastillitas redondas, de varios colores, con agujero en el medio y de suculento sabor ácido. Lo tomé, lo pagué, saqué la primera pastilla y la degusté con muchísimo placer. El resto lo guardé, en la misma bolsita de mi gabacha gris, que había albergado el capital, que ahora me proveía de tan excitante satisfacción.

Me dije emocionada y satisfecha:  ̶ ¡Ahora toca correr al bus, para que no me deje y me conduzca, por fin a mi hogar!  Subí apresurada las gradas del autobús, me senté como siempre en el primer asiento del lado derecho, nuevamente junto a la madre Encarnación. Me acomodé, saboreé y disfruté, una a una, con mucho placer las pastillitas de colores. Eso duró todo el recorrido hasta llegar a la parada donde debía bajarme del transporte. Llegamos al acostumbrado lugar, inicié despreocupada mi descenso, Estela me estaba esperando. Al terminar de bajar, la madre Encarnación, sin dejar su lugar, solo asomando la cabeza a la puerta del vehículo, se dirige a mi nana y le dice:  ̶ ¡Oiga!, a la niña le di esta mañana cinco centavos a guardar y no me los ha devuelto. Al escuchar lo que dijo, tragué con rapidez la última pastilla, me deshice apresuradamente de lo que guardaba aún del empaque y ya no pude ni hablar. Nos dirigimos en profundo silencio hacia la casa, cada paso parecía anunciar que algo malo estaba por venir. Pensé, ¿ahora qué me sucederá?

Al llegar, lo primero que Estela hizo fue decirle a mi mamá lo que la monja había le había comentado. Mi madre dirigió su mirada furiosa a mí y me preguntó:  ̶ ¿Qué es eso de los cinco centavos? No sé  ̶  respondí. Ella montó en cólera y empezó horriblemente a gritar:  ̶ ¡Me decís ya, que jodidos pasó, porque yo no estoy educando a una hija, para que sea una ladrona! ¡Me decís en este mismo momento, ¿qué pasó con esos cinco centavos?! Mientras tomaba el grueso cincho de cuero negro que tenía una inmensa hebilla plateada y en posición para a darme una tremenda cinchasiada. Mis lágrimas empezaron a brotar, en ese instante solo pude decir nuevamente:  ̶ No sé, soltó el primer cinchazo a mis piernas.  Con actitud irónica:  ̶ ¡¿Cómo que no sé?! – exclamó. Siguió gritando:  ̶ ¡La monja no es una mentirosa, si ella dice que te dio lo cinco centavos, seguro te los dio, ¿qué los hiciste?! Lanzaba la pregunta y tiraba inmediatamente el segundo cinchazo. Me lo preguntó innumerables veces y a cada insatisfactoria respuesta mía, la acompañaba un cinchazo más. Perdí la cuenta de cuantos cinchazos recibí. Mi madre se cansó de golpearme y yo no podía decir la verdad, pensaba que si la decía el castigo aún sería peor, así que seguía sin confesar.

Ya estaba oscureciendo, quizá era cerca de las siete de la noche, después de dos horas entre gritos, jalones de pelo y cinchazos, mi madre me llevó a su cuarto, me sentó en un sillón cerca de la ventana, me miró fijamente a los ojos, sacó un encendedor de cigarrillos, me tiró del pelo y expresó:  ̶ ¡O me dices la verdad o te quemo las manos! Mientras la llama del encendedor se acercaba a las palmas de mis manos. Viví con horror esos momentos y lloraba sin cesar. Así que, ante tan insensata tortura, solo recordé: «Non Fallit te Deus» (Dios no te fallará) y por fin mi creatividad empezó a fluir. Le dije entre sollozos y con la voz entrecortada:  ̶ La monja sí me dio los cinco centavos, los guardó en la bolsita de mi gabacha, pero salí a jugar y seguro durante el recreo se me cayeron, esa es toda la verdad. Me creyó, apagó el encendedor y me soltó el pelo. No me habló más. Se levantó, se dirigió al primer nivel de la casa donde estaba Estela y alcancé a escuchar que le decía imponente:  ̶ Tome, aquí están los cinco centavos, se los da mañana a la monja y le dice que la niña los había perdido.

Efectivamente, a la mañana siguiente en el preciso momento que abordaba el bus, Estela le entregó los cinco centavos a la madre Encarnación y le dijo, en tono suplicante:  ̶ ¡Por favor perdone, usted, el incidente, la niña los había perdido!  Creo que la madre siempre supo que me los gasté, porque pudo observar con qué placer me comí, frente a ella, las pastillitas de colores. Estela siempre se sintió culpable por la golpiza que recibí, por haber trasladado el mensaje de la monja, quizá hubiese preferido quedarse callada y mi mamá, primero murió y nunca supo la verdad.

No se trata de juzgar, pues mi madre así aprendió a educar y aunque su forma fue brutal, puedo afirmar que desde ese momento me quedó muy claro, que nunca debía tomar lo que no es mío. Con dureza, pero dejó muy bien plantado el significado de la honradez y la honestidad.  En la actualidad, existen otras formas de educar, porque muchos padres y madres comprenden que sus hijas e hijos son sujetos de derechos, que los valores no se enseñan con brutalidad, sino con una vida ejemplar.

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