El día que portamos la antorcha olímpica por las mujeres y las niñas

Por Thaiza Vitória, jugadora de balonmano brasileña de 15 años de edad y miembro del programa “One Win Leads to Another” (Una victoria lleva a otra) en Río de Janeiro y la Directora Ejecutiva de ONU Mujeres, Phumzile Mlambo-Ngcuka. Las dos portaron la antorcha olímpica el día de la ceremonia inaugural de los Juegos de Río.

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A primera vista, podemos parecer mundos aparte; dos mujeres de distintos países y distintas generaciones. Nos conocimos por primera vez bajo la llama olímpica, y descubrimos que no somos tan diferentes: compartimos el ardiente deseo de ver un mundo en el que la igualdad de género no sea un lujo, sino la norma. Cuando caminamos la una al lado de la otra, compartiendo el gran honor de portar la antorcha olímpica por las calles de Río de Janeiro, Brasil, representábamos algo más que simplemente a nosotras mismas. Representábamos a todas las mujeres y las niñas, la mitad de la población mundial.

Históricamente, la llama olímpica representa el valor de la pureza y las corredoras y los corredores que la portan transmiten un mensaje de paz en su recorrido. Al portar la llama, en este momento de conflictos generalizados en todo el mundo, pensamos en la importancia de que las mujeres contribuyan a los procesos de paz. Sabemos que cuando hay mujeres presentes en la mesa de conversaciones para la paz, aumenta considerablemente la probabilidad de que se firmen los acuerdos y de que la paz sea duradera. Asimismo, sabemos que construir la paz es algo más complicado que poner fin a la guerra. La paz verdadera se hace realidad mediante el derecho a vivir sin miedo a la violencia, sin discriminación, y realizando todo nuestro potencial en nuestras familias, comunidades, escuelas, lugares de trabajo o campos de deporte. Con cada paso que dimos bajo la llama, ayudamos a que la antorcha siguiera adelante, y con ella el mensaje de la igualdad de género.

En ese breve recorrido seguimos los pasos de mujeres pioneras como la regatista Hélène de Pourtalès, primera mujer campeona olímpica (1900); Enriqueta Basilio, primera mujer en encender el pebetero olímpico en los Juegos Olímpicos de México (1968), y Flor Isava Fonseca, la primera mujer en ocupar un puesto en la Junta Ejecutiva del Comité Olímpico (1990).

Portamos la llama olímpica animando a las miles de mujeres atletas quienes, con su rapidez y resistencia en el ámbito del deporte, aumentan la visibilidad de las mujeres como iconos deportivos capaces de conseguir grandes logros, pensadoras estratégicas, modelos a seguir y líderes. También levantamos la llama por todas las mujeres jóvenes y las niñas de todas las aldeas del mundo que luchan contra viento y marea por hacer deporte, permanecer en el campo, y así poder beneficiarse de más libertades.

Desde la primera participación de las mujeres en los Juegos Olímpicos de 1900, éstas han derribado obstáculos y reducido la discriminación. Hoy, en los Juegos de Río, rozamos la paridad en términos de participantes y eventos. Sin embargo, afuera sigue habiendo obstáculos arraigados que impiden conseguir la plena igualdad. En Brasil, como en muchos otros lugares del mundo, las adolescentes y las jóvenes a menudo sufren la presión de adaptarse a las tradiciones y los estereotipos sociales. Disfrutan una menor autonomía de su cuerpo, y a menudo carecen de un entorno que las ayude a desarrollar habilidades deportivas. Por contra, a medida que crecen los adolescentes y los jóvenes varones, estos disfrutan de nuevos privilegios que están reservados para los hombres y que incluyen la independencia, la movilidad y el poder. A nivel mundial, solamente uno de cada cinco parlamentarios es mujer; una de cada tres mujeres de todo el mundo sufre la violencia que se ejerce contra su persona, y, si no se genera un cambio en el ritmo actual de progreso, se necesitarán otras ocho décadas para que las mujeres alcancen la igualdad en el trabajo.

No obstante, se está produciendo el cambio en muchos lugares con movimientos internacionales como la campaña “HeForShe” de ONU Mujeres —en la que los hombres toman la iniciativa de poner fin a la discriminación y rediseñar las expectativas—; con la creación de la campaña por la igualdad salarial; y con programas locales como “One Win Leads to Another” de Brasil, en el que niñas desfavorecidas de Río de Janeiro generarán competencias de liderazgo a través del deporte, mejorando su capacidad de influir en las decisiones que repercuten en sus vidas a todos los niveles.

Mientras caminábamos entre los vítores de la multitud, constatamos que el deporte une a personas de toda índole, dejando atrás diferencias de sexo, raza, religión y nacionalidad. Nos atrevimos a soñar que esta llama se propagará, y que la determinación de lograr la igualdad de género superará todos los obstáculos.

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