Conversando sin hablar, oyendo sin escuchar

|Por Godo de Medeiros|

Aquella noche, frente al pequeño televisor en blanco y negro que teníamos, mi madre me abrazó con ternura al verme llorar por una canción cuyo contenido ignoraba absolutamente. Estábamos viendo El graduado y por entonces mi hermano mayor había tomado la decisión de trabajar y abandonar sus estudios para que yo continuara los básicos. The sounds of silence invadió en mí esa parte que cada persona lleva en algún lugar como una alarma que se activa, por lo general, en el desasosiego.

El tema empieza con la frase “Hola oscuridad, mi vieja amiga, he venido nuevamente a hablar contigo” y anoche, al final de las elecciones, mientras bebía un café en el pequeño patio del apartamento en el que habito, recordé aquellas estrofas que muchos años atrás me habían arrancado algunas lágrimas a pesar de que no entendía una sola palabra en inglés. No perturbaba mi paz la derrota de Sandra Torres sino la derrota de un pueblo que demostró nuevamente su aversión al amor, a la paz y a la decencia.

“En inquietos sueños yo caminaba solo por angostas calles de guijarros. Bajo el halo de un farol me levanté el cuello por el frío y la humedad, cuando mis ojos fueron acuchillados por el destello de una luz de neón” es una estrofa demoledora que despeja la atmósfera de un drama que anoche me dio bofetadas en el rostro por partida doble (tenía la cara inflamada y agradezco al Rector de la Usac por haberme atendido y recetado en el centro de cómputo del TSE).

Hay muchas lecturas tras las cuales podemos aproximarnos a la realidad que nos dejó el proceso electoral. La más fácil es quizás la que le da título a este texto y que he tomado de Simon and Garfunkel para hacerme entender en la extranjeralidad de la identidad guatemalteca. No aprendemos de nuestros errores, no estudiamos nuestro pasado reciente ni muchos menos el remoto. El silencio crece como un cáncer. Muchas verdades se han silenciado a propósito, tal como lo muestra el asesinato de intelectuales. La manera en que la gente votó en estas dos recientes elecciones, desgraciadamente, viene siendo como el fruto de quienes sembraron el terror bajo la consigna atroz de “muera la inteligencia”. Pero mis palabras resonarán “en los pozos del silencio”, porque la mayoría ignora lo que ocurrió en este país hace apenas treinta o cuarenta años. La gente se inclina y reza “al Dios de neón” que ha construido.

La noche de anoche, como aquella de finales de la década de 1980, la guardaré para desempolvarla alguno de los próximos años que me quedan de vida con la secreta esperanza de escribir algo más alegre, porque, al final de cuentas, recordar el abrazo de mi madre cuando me vio llorando fue un feliz detalle que me hizo olvidar el dolor en el rostro, aunque siguiera inflamado.

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