¿Estás embarazada? ¡Expulsada!

|Por: Ana Julia Solís|

Era 1982 cuando la ignorancia colmaba nuestras vidas. Un día llegó una amiga mía muy querida, que por respeto no diré su nombre sino usaré uno supuesto, Clarita, a confesarme algo que la tenía angustiada. Me dijo: –Fíjate que el sábado estuvimos con Luis y me la introdujo, pero no toda, solo un poquito. ¿Tú crees que puedo haber quedado embarazada? A mis apenas dieciséis años, tan desinformada como ella respondí: — ¡Noooo! No lo creo, no puede ser posible. Con lo cual se calmó y continuamos, como si nada hubiese sucedido, con nuestras actividades escolares del momento. Pasaron las semanas y efectivamente estaba encinta. ¡Uf! A la primera que se lo dijo fue a mí. Así que empecé a fraguar un plan para que nadie se enterara, la idea de no tener al bebé también cruzó su mente, pero finalmente la descartó y nunca la vio como una opción real. Así que había que seguir adelante con el embarazo, pero… ¿qué podíamos hacer para que, por lo menos en el colegio, nadie se enterara?

Nos íbamos solas al recreo a conversar del asunto, en nuestro mundo de ignorancia y fantasía todo era posible. Supimos de un caso de una alumna que iba unos años adelante de nosotros que tuvo hepatitis, en grado tan severo que reposó, en cama, durante seis meses. Le llevaban las tareas a su casa y cuando se repuso se incorporó de nuevo a las clases y no reprobó el año escolar. Así que existía la posibilidad que pudiéramos fingir una situación similar. En los tres primeros meses no se le notaría por lo que llegaría con normalidad a recibir clases, cuando fuera obvio no se presentaría a estudiar, se quedaría seis meses en su casa, diríamos que tenía hepatitis, yo le llevaría las tareas todos los días y tendría al bebé sin problemas. Con este plan el asunto estaba resuelto. Iba a ser un secreto entre ella y yo, pero había una condición no debería, por nada del mundo, decirle la verdad a la monja. En este mágico escenario era preciso, desde luego, contar con el apoyo total de su familia y que de igual forma guardaran el secreto, porque durante esos seis meses, que iba a estar en casa, debía no salir por ningún motivo y tampoco podría recibir visitas de las compañeras, maestras o monjas de nuestro centro de estudios, porque era una hepatitis extremadamente contagiosa.

Inexpertas en el manejo de estas cuestiones y confiadas en que todo saldría conforme lo planeado, no tomamos en cuenta a las otras personas que resultaban involucradas en la situación. Por ejemplo, el novio, Luis. Cuando él se enteró le propuso matrimonio a Clarita. Esa también podría haber sido una elección, que no contemplamos. En aquel entonces ante un embarazo no planificado una manera honrosa de salir del problema era casarse. Por ello muchas de mis primas optaron por el embarazarse con tal de casarse, ya que, por los convencionalismos de la época, el matrimonio era considerado como una meta aspiracional para muchas de nosotras. Era tanto así, que, si recién graduadas de maestras si sucedía que en los meses siguientes teníamos el privilegio de casarnos, el acontecimiento era visto con regocijo por la familia, con admiración por las amigas, con dicha por las vecinas y hasta con envidia por aquellas compañeras que no tenían esa bendición, porque ni siquiera tenían novio. Con los años, por fin, pensar de esa manera ha cambiado en algunas familias, porque en muchos hogares, después de más de tres décadas de estos hechos que relato, por un embarazo aún desposarse sigue siendo una opción.

Ante la propuesta matrimonial, Clarita entró en pánico. Para ella ya era difícil enfrentar la idea de tener que ser madre a tan corta edad porque modificaba tremendamente su proyecto de vida, soñaba con ir a la universidad, con ser profesional, independizarse y viajar. Tener un bebé en esas circunstancias ya era complejo para ella, pero a eso sumarle un marido, lo hacía aún más abrumador. Consistía en tirar completamente a la borda todos sus planes porque pasaba del dominio de sus padres al yugo de su marido, que seguramente no le permitiría ir a la universidad. Además, él no era de la capital, vivía en un pueblo de oriente, así que la pobre Clarita ya se miraba cocinando, lavando ropa, cambiando pañales, restregando camisas, zurciendo calcetines y guardando todos sus sueños en el baúl de los recuerdos. En una ocasión me dijo: –Ana, ¿qué hago si se me quema el agua caliente? Era la forma de expresarme su angustia, incertidumbre y el desconsuelo que sentía ante la posibilidad de ser esposa y madre de un solo golpe. Así que el matrimonio no era una opción. Lo más terrible es que yo, como su amiga, la aconsejaba diciéndole que no era tan terrible casarse, le pintaba mejor el panorama matrimonial y hasta la alentaba a hacerlo. Solamente deseaba ayudarla, pero con mi inexperiencia y desinformación, no sé qué tanto lo hice.

Veía a Clarita cada día más preocupada, yo rezaba sin descanso al milagroso Santo Hermano Pedro, le hice promesas y penitencias para que mi amiga lograra resolver todo de la mejor forma posible. En fin, llego el día en el que Clarita debía decírselo a su papá y a su mamá. El panorama se pintaba tenebroso porque ellos no sabían ni siquiera que tenía novio, así que jamás esperarían la noticia de un embarazo. Durante meses Luis y Clarita se frecuentaron, ella sabía que el muchacho no era del agrado de sus papás, por lo decidió ser su novia sin decírselos. En aquellos años era muy común, entre nosotras, ante la negativa de nuestros padres de no dejarnos tener novio, decidíamos iniciar una relación romántica con algún chico, supuestamente a escondidas.

Como si les tiraran un balde de agua fría, en una noche oscura, en la completa intemperie y cuando el frío cala hasta los huesos, así recibieron la noticia los papás de Clarita. Fue un terremoto familiar, un desastre total, se decretó en el hogar un Estado de Calamidad. Se enfrentaba el grupo familiar a una gran desgracia ¡La nena estaba embarazada! ¿Además, quién había sido el infeliz que le había hecho eso? Llovieron los improperios, agresiones verbales y psicológicas contra ella. No juzgo la reacción de sus padres, pero desde allí Clarita empezó a padecer aún más. Cuando me lo contaba las lágrimas brotaban incontrolables, estaba totalmente desconsolada. Lo que más le dolía es que entre los insultos que le lanzaron esa tarde, uno que la dejó marcada, fue cuando su papá le dijo que era una ¡puta!

Mi plan de fingir una gravísima hepatitis extremadamente contagiosa iba quedando en el olvido y pronto quedó en saco roto. Los padres de Clarita decidieron enfrentar al toro por los cuernos, así que le solicitaron una cita a la monja para resolver este asunto de una vez por todas. Les atendieron con prontitud y efectivamente, cual Poncio Pilatos, la monja se lavó las manos, ese embarazo no lo quería volver su problema, así que la forma en que le dio solución fue expulsar a Clarita del colegio. En esos días quedar embarazada era casi un pecado mortal y no digamos haber tenido relaciones sexuales prematrimoniales era otro tanto peor, seguramente nos quemaríamos en el infierno. Además, echarla del colegio era una medida ejemplar porque las monjas no podían tolerar alumnas embarazadas. A los años mi pregunta es, en ese momento, dónde quedó todo el amor de Cristo que ellas mismas nos enseñaron, con esa medida disciplinaria atropellaron la dignidad de mi amiga, le negaron el derecho a la educación, la discriminaron y la trataron como una leprosa que podía contagiar a las demás. Seguramente lo hicieron antes de ella, con ella y con muchas más.

Quien se pone en los zapatos de Clarita, a sus cortos dieciséis años, por embarazarse le hicieron vivir una tragedia. Se peleó con el novio porque no quiso casarse, sus papás le recordaron por mucho tiempo el terrible error que había cometido y las monjas del colegio la expulsaron a año y medio de graduarse de maestra. Pero la desgracia continuó, la mamá se puso a buscar otro colegio donde aceptaran a su hija con su embarazo. Por fin, después de tanto rogar y suplicar la señora encontró un colegio donde le hicieron el favor de aceptarla. Luego me contaba Clarita que la directora del plantel la trataba mal, porque constantemente le recordada que le había hecho un gran favor admitiéndola, en su condición, en su centro educativo.

Mientras tanto mis “compañeritas” del colegio al notar la ausencia de Clarita intentaron en muchas ocasiones hacerme confesar, insistían en que les contara lo que realmente le había sucedido. Me preguntaban: –¿Es verdad que se fue porque estaba embarazada? ¿Es cierto que la expulsaron porque iba a tener un bebé? Siempre les dije, que le había dado hepatitis. Años después, en esas inútiles reuniones de exalumnas, inventaban toda clase de chismes sobre ella, siempre la hacían ver como la oveja negra de la promoción.

Finalmente, Clarita tuvo al bebé, se graduó, hizo sus estudios universitarios, ejerció su carrera, se fue de Guatemala, se incorporó como profesional en el país en el que actualmente reside y conoció a un buen hombre. En donde sea que ahora esté, solo espero que hayan sanado todas esas heridas emocionales que le causaron, que estén superadas y que su corazón exista el perdón y la consideración a hacia los demás, que no tuvieron con ella.

Imagen: eldeber.com.bo

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