¿Por qué siempre vuelves a mí?

Por: Ana Julia Solís

Me preguntó: ̶ ¿Por qué siempre vuelves a mí? Con un profundo suspiro recordé que la vida nos separa, las circunstancias nos alejan, pero una de las pocas constantes en mi vida es él. ¿Por qué regreso? ¿Qué es lo que me atrae y aleja?

Él, como un gigantesco roble, cobija, abriga y refresca los calcinantes rayos del sol de verano cuando la cotidianeidad me cosifica, la soledad me abruma y la incertidumbre me soterra. Escuchar su voz intensa y sentir sus miradas penetrantes tienden nuevamente el puente que une nuestros abismos. Las emociones guardadas por años resurgen, sin atisbo ni menoscabo de autenticidad. Las caricias empolvadas florecen sin timidez, como si la pausa de nuestras ausencias hubiese sido únicamente de unos pocos segundos. Con asombro disfrutamos nuestras ansias más intensas de como lo fueron en nuestro último encuentro. Simplemente el tiempo se detuvo y después de inviernos de silencio retomamos, con total naturalidad, nuestra conversación precisamente en ese “punto y coma” donde se había quedado detenida hacía un lustro.

Mi vida con él es como una película en la que puedo abandonar una escena para vivir otra, de igual forma adelantarla, retrocederla, dejarla en pausa o quizá repetirla hasta el agotamiento. Es así porque ni la rutina, ni la simplicidad y mucho menos el determinismo inundan nuestras vidas. Alejados de los convencionalismos, y de las ataduras innecesarias, cada momento juntos es único e irrepetible. Vuelvo a él porque no intenta ponerme una soga al cuello, que, sin ahorcar, me haga pender de una de sus ramas, cual objeto decorativo para exhibirme como su última adquisición. Su magnetismo es inmenso, pero no atrapa y no cohíbe mi libertad.

Después de muchos intentos por enjaularnos, engrilletarnos o imponernos un yugo comprendimos que en nuestras vidas solo existe una sola forma en la que nos permitimos amar y ser amados, que es en libertad. Ya que ante el primer indicio de esclavitud desplegamos nuestras enormes alas de razones que ponen inmediatamente coto a cualquier pretensión de sujeción mutua. No ha sido fácil desdibujar las etiquetas y estereotipos que socialmente intentan encasillarnos, paradigmáticamente diferentes, no pretendemos explicar cómo esa complicidad libertaria enriquece, nutre y se convierte en el elixir de nuestra felicidad.

Después de una inmensa pausa le respondí: ̶ ¿Por qué vuelvo? Porque me amas sin ataduras. Nuevamente inquirió: ̶ ¿Por qué me amas? Sin titubear expresé: ̶ Porque en esta frágil existencia, que en espacio y tiempo hemos coincidido, la singularidad de cada cual hizo emerger la esencia, que no puede enfrascarse, ni las mutuas carencias pueden apresarla. Naturaleza que aprendimos a valorar, disfrutar y aceptar sin cuestionar.

Imagen: lamenteesmaravillosa.com

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