Los perros también usan brackets

Cada vez más dueños deciden corregir la mala mordida de sus mascotas para evitar problemas graves de salud. Aunque para otros prima la cuestión estética.

Wesley, un golden retriever estadounidense de seis meses, saltó a la fama en las redes sociales tras mostrar su gran sonrisa con ‘brackets’. Su dueña Molly Moore cuenta en Facebook que cuando empezaron a salirle los dientes de adulto se dieron cuenta de que “estaban mal colocados y no podía cerrar la boca del todo”. Además, se le veía desanimado, sin ganas de jugar y estaba perdiendo peso por su inapetencia debido al dolor que le provocaban los dientes. El padre de Molly, Jim Moore, era odontólogo canino, así que no se lo pensó dos veces.

Lejos de tratarse de una excentricidad, algunas clínicas veterinarias de nuestro país se encargan de solucionar problemas dentales como el de Wesley mediante ortodoncias caninas. Javier Collados, autor de ‘Atlas Visual de Patologías Dentales y Orales en Pequeños Animales y Exóticos’ (Ed. Servet), es un referente en España en este sector: residente ‘alternate pathway’ de la American Veterinary Dental College, lleva 21 años dedicados exclusivamente a la odontología veterinaria. El 20% de sus pacientes acude a él por problemas de maloclusión dental (mala mordida), una circunstancia que puede corregirse con la instalación, mediante anestesia general, de un sistema fijo en la cavidad oral durante un tiempo de entre seis semanas y cuatro meses.

A la izquierda, muelas con ‘brackets’. A la derecha, rehabilitación del canino superior mediante un implante.

Los perros, al igual que los humanos, tienen dientes de leche, y “entre los cinco y los ocho meses los cambian por los permanentes”, explica Collados. Los profesionales suelen ser los primeros en detectar que el animal tiene un problema cuando acude a la consulta para una revisión dental, -“algo que debería hacerse de forma anual”, comenta Collados-: dientes torcidos o montados unos sobre otros, o mandíbula superior e inferior que no encajan correctamente. “El principal riesgo de que los dientes salgan desviados es que se claven en las encías y el paladar, provocando dolor, lesiones e infecciones, aunque también hay riesgo de falta de apetito o malas digestiones al no masticar la comida lo suficiente. Además, favorece la aparición precoz de sarro por los huecos que quedan entre un diente y otro”, explica Javier Cucurella, responsable del servicio de odontología del Hospital Veterinario San Vicente. Este centro, en la localidad alicantina de San Vicente del Raspeig, lleva desde 1995 colocando aparatos dentales para corregir la maloclusión dental de los perros, entre otros problemas bucales.

El hecho de que los dientes sufran una desviación anómala puede deberse a ciertos factores. Si bien todas las razas son susceptibles de padecer algún problema de este tipo, “hay cierta predisposición racial. Los rottweiler, por ejemplo, tienen el cráneo estrecho y poco espacio”, explica Cucurella. Otras razas en las que se ve con más frecuencia son el yorkshire terrier, el bull terrier o el dogo alemán. “También puede afectar cuando se da un crecimiento demasiado rápido de los dientes. El factor hereditario también influye, así como ciertos vicios adquiridos que deforman la boca”, continúa. No hay que confundir la mordida cruzada de algunos perros como el bulldog o el bóxer (con los dientes inferiores por delante de los superiores), ya que se trata de algo característico de su raza.

¿Estética o salud?

El factor estético de la ortodoncia tampoco puede ignorarse. De hecho, la mitad de los clientes que acuden al centro alicantino de Cucurella en busca de una ortodoncia para su perro participan en concursos de belleza canina. “Éstos tienen un mayor poder adquisitivo y no les importa gastarse el dinero que haga falta en su mascota para que luzca la dentadura perfecta”, explica Miguel Ángel Sanz, protésico dental canino, que no sólo se encarga de crear aparatos correctores, sino también de hacer restauraciones dentales para dientes partidos e implantes de titanio o cobalto-cromo. A él también acuden muchos dueños de perros de caza que se han roto o arrancado algún diente en el desempeño de su tarea. “Es más común que los perros pequeños como el jack russell se rompan algún diente, pero los grandes como el dogo argentino hacen presa al morder y no sueltan, por lo que se corre el riesgo de perder alguna pieza”, cuenta Sanz.

Aunque todavía se trata de una práctica minoritaria no apta para todos los bolsillos -“el precio de un aparato está entre 800 y 2.000 euros contando con el tratamiento completo”, según cuenta Collados, una cifra que aumenta si se trata de implantes-, cada vez se va viendo con más frecuencia. “Hemos empezado a considerar al animal como uno más de la familia y cada vez lo cuidamos mejor”, explica Cucurella. Aun así, la experiencia de Collados en EEUU le ha demostrado que todavía nos queda mucho camino por recorrer dentro de nuestras fronteras. “Allí tienen una mayor concienciación”.

Fuente: El Mundo

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